lunes

Vieja París

Una chaqueta con cuello de plumas y un cigarrillo que nunca fumo me acompañan en mi viaje a Paris. En un puente del Sena  me recargo mientras escucho en el reproductor de música La vie in rose de una antigua voz. Volteo a la derecha y mis miradas no reaccionan ante la Torre Eiffel, es un sueño. Volteo, sigo soñando, es Notre Dame cada vez más inolvidable.

Corro y no descanso por las calles de la vieja Paris, y en la calle más angosta me detengo sin aviso alguno, me pierdo, feliz, en mi vieja Paris. No es mía… es de nadie. Hermosas flores color naranja y de sensación eterna forman los más bellos jardines jamás observados por estos ojos y muero y sueño. Es otoño, los árboles caen mágica y sorprendentemente sobre las viejas calles de amada revolución mientras los barcos en el Sena navegan sobre luces infinitas que dan la impresión que se está navegando en el cielo de nubes estrechas colores carmesí y frágiles. Fuentes y estatuas vigilantes eternas de siglos angustian los paraísos de los campos verdes y amarillos… creo que he muerto. No hay cielo, sigo aquí en perpetuas ráfagas de luces en noches interminables bajo lluvias hermosas que cubren todo de brillo.

La gente con abrigos parecidos caminan sin detenerse, nada les importa. Cada uno de mis pasos es un recuerdo que no me permito borrar jamás. Mañana.

Poema en prosa.

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