¿Cuán formidable puede ser la escogencia del nombre de una generación que hace lúcida referencia a un inexacto grupo de literatos? El término “boom” es, en cierto sentido, atormentador. Aunque es más la esperanza de encontrarse a sí mismo y al mismo tiempo de ver lo que el otro ve; pero también de ver lo que no ve el que está al lado.
El impacto no fue solamente literario: también fue, a grandes rasgos, cultural, y en un término totalmente envolvente, político. La idiosincrasia propia latinoamericana discute cualquier tipo de contrariedad, más aun si es de carácter político, llámese igualdad, sentido de pertenencia –algo abstracta, por cierto- o la simple razón de justicia que nos mueve a los hombres como uno de los rasgos más naturales e intrínsecos. Es saber para algunos y de sospechar para otros que cada recuadro intelectual tiene su origen en un conflicto, en un peligro, en una inmoralidad o cualquiera que se le parezca, para emprender su lucha en contraposición de las fuerzas dominantes. El tan conocido y mal nominado “boom” no concebía una excepción; se sentían en una obligación casi moral para acceder al compromiso.
Julio Cortázar decía fervientemente que la intervención a la revolución, a la Revolución Cubana, era un grito político, crítica política en la que el grito está ahí como un pulmón que respira, y así lo hizo saber en su poema “Policrítica en la hora de los chacales”. Es común encontrar contrariedades y desencantos en promesas de un mejor mañana, sin embargo, no lo es tanto pensando que son escuchadas y aprobadas por personas que luego se opondrían y desatarían su cólera por el famélico engaño.De otro modo, menos gemebundo, estaba la postura de Gabriel García Márquez. Su sumido amparo y defensa de lo que representaba la Revolución Cubana continúan en pie. Tal vez –muy probablemente- fue esta la causa del contratiempo producido entre él y Mario Vargas Llosa al irse a los golpes, sin encontrar otra forma de defender los ideales; hecho totalmente ficticio y salido de los cabales de la realidad: ¿que dos escritores de tal magnitud intercedieran físicamente para discutir quién tiene la razón?
Pero con igual importancia a Cortázar, Vargas Llosa e incluso a Gabo en medio de las corrientes y enmarcaciones del “boom”, sería indebido no nombrar a Fidel Castro, J. J. Arévalo o encaminamientos sin nombre propio con el neocolonialismo o las injuriosas dictaduras que invadieron a Latinoamérica desde Argentina hasta Guatemala. Fueron estas personalidades y percances las que invadieron las ideas de sus precursores para inclinarse a escribir de otra forma, ahora con un objetivo. El “boom” no sería un boom sin su marco de tantos agravios, y son estos agravios los que explican la singularidad del vago significado de esta palabra.
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