jueves

Carta a un maniquí - Gonzalo Arango


Dices que soy loco y te digo que tienes razón, si locura es todo lo que no eres, todo lo que niegas. No quiero discutir contigo, me ofende tu palabrería insensata. Tus razonamientos huelen a sexo. No puedo arruinar mi vida mirándote en un espejo, pavoneando tu frivolidad por mi alma, manoseando mi angustia. Eres impura, y hasta tu corazón lo tienes maquillado de polvo “coqueta”.
No vuelvas a profanar mis dioses, ni mi soledad: lo ignoras todo de la muerte y lo sagrado. Te equivocas si crees que voy a renunciar a interrogarme por temor a desatar tus furias de hembra celosa. No sacrificaré un átomo de imaginación para satisfacer tu gelatinoso ego.
Tu insensibilidad al dolor es otro síntoma de tu vacuidad desalmada. Y tu belleza es de esponja. Eres una plebeya tintineante de joyas, un cadáver perfumado de Dior. Gran lío va a tener el Señor para reorganizar tu cuerpo y tu alma en el Juicio, pues la tuya la cambiaste por una fotocolor en la revista Vanidades.
Nunca entendiste que la muerte y el arte significaban para mí un diálogo con la vida, con los hombres; que necesitaba despertar de la realidad, despreciar lo aparente para mirar al fondo, a las esencias. Hasta de mis fantasmas te sentías celosa, odiabas mi mundo interior como tu rival, y querías aislarme, matar mi Yo para meterte tú.
Desde que te conozco has querido embrujarme con tu malsana sexualidad, hechizar mi alma, perderme en el abismo de tu cuerpo, cautivarme en tu laboratorio de nimiedades y caprichos.
Tienes fama de dominar a los hombres con tu alquimia, pero qué va, han manoseado demasiado tu brillo. Ahora estás devaluada por más que te maquilles, maniquí.
Crees que todo es a tu medida, hasta mis sueños; crees que todo termina en ti, que sólo puedo aspirar a la altura de tu minifalda.
El único sueño de tu vida es dormir acompañada. Ahí termina tu espiritualidad, en la vaca. Ni eso, sería elogiarte. Al menos la vaca cuando llena sus panzas se da el lujo de rumiar sus impensados asombros en la soledad de las praderas. Tú no; cuando estás repleta de placer te abandonas a una suntuosa digestión bajo el sudario de tu baby-doll.
Me das lástima porque el barro de Dios ha perdido el tiempo y la posibilidad religiosa de encender en ti una chispita de vida consciente. Es una pena para el barro, y para ti que lo envileces en el lodo.
No soy hombre a tu medida. No doy la talla de tus perros falderos que sacian tu voracidad libertina por una migaja de placer y figuración en los salones de la sociedad y del arte. Eres peligrosa como un pulpo opresor. Tu piel me hizo sentir siempre resbalando a la oscuridad ciega de tu carne como a un muladar, negación de vida y resurrección.
Te confundí con un ser humano; te pido perdón por confundir una mujer, con 50 kilos de vanidad y diez metros de tubo digestivo metidos en un traje de moda. Es mi culpa, por hacerme ilusiones. De las mujeres esperé siempre una llave que me abriera una nueva puerta hacia la vida y los misterios del arte y de la muerte. O descubrir en la hermosa noche irracional del sexo el fulgor de una estrella guiándome en los arcanos cielos de ultratumba. Pero todas tus llaves son falsas, las usas para cerrar esas puertas y convertir la vida en una prisión, tu lecho es una fosa.
Me libero de tu infierno que ni siquiera es admirable por el terror. Pues todo lo que allí habita, incluyéndote, son vicios y potes de crema para maquillar tu monstruosidad en un rostro humano.
Ya no existes, maniquí. ¡Te lo prometo!

miércoles

El adjetivo y sus arrugas - Alejo Carpentier


Los adjetivos son las arrugas del estilo. Cuando se inscriben en la poesía, en la prosa, de modo natural, sin acudir al llamado de una costumbre, regresan a su universal depósito sin haber dejado mayores huellas en una página. Pero cuando se les hace volver a menudo, cuando se les confiere una importancia particular, cuando se les otorga dignidades y categorías, se hacen arrugas, arrugas que se ahondan cada vez más, hasta hacerse surcos anunciadores de decrepitud, para el estilo que los carga. Porque las ideas nunca envejecen, cuando son ideas verdaderas. Tampoco los sustantivos. Cuando el Dios del Génesis luego de poner luminarias en la haz del abismo, procede a la división de las aguas, este acto de dividir las aguas se hace imagen grandiosa mediante palabras concretas, que conservan todo su potencial poético desde que fueran pronunciadas por vez primera. Cuando Jeremías dice que ni puede el etíope mudar de piel, ni perder sus manchas el leopardo, acuña una de esas expresiones poético-proverbiales destinadas a viajar a través del tiempo, conservando la elocuencia de una idea concreta, servida por palabras concretas. Así el refrán, frase que expone una esencia de sabiduría popular de experiencia colectiva, elimina casi siempre el adjetivo de sus cláusulas: "Dime con quién andas...", " Tanto va el cántaro a la fuente...", " El muerto al hoyo...", etc. Y es que, por instinto, quienes elaboran una materia verbal destinada a perdurar, desconfían del adjetivo, porque cada época tiene sus adjetivos perecederos, como tiene sus modas, sus faldas largas o cortas, sus chistes o leontinas.
El romanticismo, cuyos poetas amaban la desesperación -sincera o fingida- tuvo un riquísimo arsenal de adjetivos sugerentes, de cuanto fuera lúgubre, melancólico, sollozante, tormentoso, ululante, desolado, sombrío, medieval, crepuscular y funerario. Los simbolistas reunieron adjetivos evanescentes, grisáceos, aneblados, difusos, remotos, opalescentes, en tanto que los modernistas latinoamericanos los tuvieron helénicos, marmóreos, versallescos, ebúrneos, panidas, faunescos, samaritanos, pausados en sus giros, sollozantes en sus violonchelos, áureos en sus albas: de color absintio cuando de nepentes se trataba, mientras leve y aleve se mostraba el ala del leve abanico. Al principio de este siglo, cuando el ocultismo se puso de moda en París, Sar Paladán llenaba sus novelas de adjetivos que sugirieran lo mágico, lo caldeo, lo estelar y astral. Anatole France, en sus vidas de santos, usaba muy hábilmente la adjetivación de Jacobo de la Vorágine para darse "un tono de época". Los surrealistas fueron geniales en hallar y remozar cuanto adjetivo pudiera prestarse a especulaciones poéticas sobre lo fantasmal, alucinante, misterioso, delirante, fortuito, convulsivo y onírico. En cuanto a los existencialistas de segunda mano, prefieren los purulentos e irritantes.
Así, los adjetivos se transforman, al cabo de muy poco tiempo, en el academismo de una tendencia literaria, de una generación. Tras de los inventores reales de una expresión, aparecen los que sólo captaron de ella las técnicas de matizar, colorear y sugerir: la tintorería del oficio. Y cuando hoy decimos que el estilo de tal autor de ayer nos resulta insoportable, no nos referimos al fondo, sino a los oropeles, lutos, amaneramientos y orfebrerías, de la adjetivación.
Y la verdad es que todos los grandes estilos se caracterizan por una suma parquedad en el uso del adjetivo. Y cuando se valen de él, usan los adjetivos más concretos, simples, directos, definidores de calidad, consistencia, estado, materia y ánimo, tan preferidos por quienes redactaron la Biblia, como por quien escribió el Quijote.

domingo

Por los pasos del Nadaísmo


El nadaísmo, a grandes rasgos, es la contradicción de lo ya establecido. Es la Nada por excelencia. Nace en los sesentas como una propuesta literaria en contra del contexto cultural existente y en contra de las tradiciones colombianas. Este movimiento fue liderado por Gonzalo Arango, que luego reclutó a varios jóvenes que lo  impulsaron, aunque, debido a la prematura muerte de Arango y de algunos de sus colaboradores, este movimiento quedó estancado a inicios de los setentas. Autores como Mario Rivero, José Manuel Arango, Eduardo Gómez, Germán Espinosa, entre otros, marcharon ordenadamente con los nadaístas pero estética y literariamente mantuvieron su independencia e aislamiento, en sus vidas como en sus obras.
Con el nadaísmo también se conciliaron fuertes vínculos con la conocida Generación Beat, movimiento contracultural netamente intelectual originado en Norteamérica y que posteriormente llegó a Colombia buscando puentes entre la sensatez y la justicia. El nadaísmo, aunque fue un movimiento más social que literario y con más trascendencia social que política, intervino drásticamente en la investigación de un nuevo rumbo de la poesía, con propuestas que en un principio eran firmemente rechazadas por las autoridades literarias.
El nadaísmo alcanzó el más alto nivel de provocación y revulsión de todos los movimientos literarios del siglo XX en Colombia. Creció siguiéndole los pasos a los ultraístas argentinos y a los estridentitas en México.
No obstante, el nadaísmo es, a su vez, ruptura. Una ruptura literaria que se personifica en un nuevo periodo y forma estética y en una ruptura de carácter social, entrando en el cuestionamiento y provocación de la sociedad con intensiones de conformismo.

Gonzalo Arango
Se debe su forma e identidad al entonces joven escritor paisa Gonzalo Arango, con ínfulas de rebelión, cambio y total contradicción al usual comportamiento de los de su pueblo natal, Andes Antioquia. El derecho no era lo suyo. Lo creían loco, pues vivía encerrado en una finca junto con su perro y una calavera. Aún así, su notable capacidad de producción literaria no pudo dar espera y estalló esa bomba que llevaba por dentro llena de ideas y letras. Su obra maestra no es ningún texto, tratado, crónica, poema… lo fue el nadaísmo indeterminadamente.

Jaime Jaramillo Escobar
Quizás sea más conocido como X-504, el pseudónimo que lo hizo popular. Gran amigo de Gonzalo Arango desde pequeños y fue uno de los cofundadores del nadaísmo ayudándolo  a redactar su Manifiesto Nadaísta.  Ha publicado múltiples libros con reconocimientos que son la muestra irrefutable lo que es la esencia del nadaísmo; sus poemas, con tono de ironía y humor, han hecho parte de varias antologías admiradas internacionalmente.

Jotamario Arbeláez
Actualmente, uno de los pocos -y quizá de los más reconocidos- nadaístas que quedan está Jota Mario Arbeláez. Nacido en Cali y también cofundador del movimiento, ha demostrado la ironía en todas sus obras desde sus inicios, con fuertes síntomas de surrealismo. En su faceta de publicista, ha hecho el diseño de las campañas de  Belisario Betancur, Álvaro Gómez y Andrés Pastrana. Su gran oficio todavía es ser el gran oficiante del nadaísmo nacional y presidente ejecutivo de la Fundación Gonzaloarango. 

Mario Rivero
Su obra lo consagra como uno de los más importantes poetas de las últimas generaciones en Colombia. Nación en Envigado en 1935 y falleció en Bogotá en el 2009. Llegó a imponer la entonces naciente corriente de la poesía urbana en la capital, consiguiendo muchos adeptos. A principios de los años setentas, funda y dirige la revista Golpe de Dados y, de esta manera, da el nombre a la siguiente generación de poetas colombianos.
Dejó de escribir hasta el último día de su muerte, siendo crítico permanente de las artes plásticas en diversas revistas y periódicos.



miércoles