domingo

Las riberas del olvido


 Dicen que la Muerte embellece a quienes hiere y exagera sus virtudes, pero, en general, es más bien la vida quien los desfavorecía. La Muerte, ese piadoso e irreprochable testigo, nos enseña, según la verdad, según la claridad, que en cada hombre hay por lo general más bien que mal.
Lo que Michelet dice aquí de la muerte es quizá más verdadero aún tratándose de esa Muerte que sigue a un gran amor desgraciado. Del ser que, después de habernos hecho sufrir tanto ya no es nada para nosotros, basta decir,siguiendo la expresión popular, que "para nosotros ha muerto". A los muertos los lloramos, los amamos aún, sentimos durante mucho tiempo la irresistible atracción del encanto que los sobrevive y que nos lleva a menudo junto a las tumbas. En cambio el ser que nos hizo sentirlo todo y de cuya esencia estamos saturados no puede ahora hacer pasar sobre nosotros ni siquiera la sombra de una pena o de una alegría. Está más que muerto para nosotros. Después de haberlo creído lo único valioso de este mundo, después de haberlo maldecido, después de haberlo despreciado, nos es imposible juzgarlo, apenas se precisan todavía ante los ojos de nuestro recuerdo, agotados de haber estado demasidao tiempo fijos en ellos, los rasgos de su rostro. Pero este juicio sobre el ser amado, un juicio que ha cambiado tanto, ora torturando con sus clarividencias nuestro corazón ciego, ora cegándose también para poner fin a ese desacuerdo cruel, tiene que realizar una última oscilación. Como esos paisajes quesólo descubrimos desde las cimas, desde las alturas del perdón aparece en su valor verdadero la que está más que muerta para nosotros después de haber sido nuestra vida misma. Sólo sabíamos que no correspondía a nuestro amor, ahora comprendemos que sentía por nosotros una verdadera amistad. No es que la embellezca el recuerdo, es que la desfavorecía el amor. A quien lo quiere todo y no bastaría todo si lo obtuviera, recibir un poco le parece sólo una crueldad absoluta. Ahora comprendemos que era un don generoso de la mujer a quien nuestra desesperación, nuestra ironía, nuestra tiranía perpetua no habían desalentado. Fue siempre dulce. Varias palabras recordadas hoy nos parecen de una justeza indulgente y llena de encanto, varias palabras de la que creí- amos incapaz de comprendernos porque no nos amaba. Nosotros, en cambio, ¡hemos hablado de ella con tanto egoísmo injusto y tanta severidad! ¿Acaso no le debemos mucho? Si esa gran marea del amor se ha retirado para siempre, sin embargo, cuando nos paseamos dentro de nosotros mismos podemos recoger conchas extrañas y preciosas y, aplicándolas al oído, oír, con un  placer melancólico y ya sin sufrir,  el casto rumor de antaño. Entonces pensamos enternecidos en aquella mujer que, por desgracia nuestra, fue más amada que enamorada. No está para nosotros "más que muerta". Es una muerta de la que nos acordamos afectuosamente. Quiere la justicia que rectifiquemos la idea que teníamos de ella. Y por la omnipotente virtud de la justicia, resucita en espíritu en nuestro corazón para comparecer en este juicio último que pronunciamos lejos de ella, con calma, llenos de lágrimas los ojos.

lunes

Rayuela, Capítulo 111 - Julio Cortázar (Narración acerca de Gardel en París)


Esta narración se la hizo su protagonista, Ivonne Guitry, a Nicolás Díaz,
amigo de Gardel en Bogotá.
«Mi familia pertenecía a la clase intelectual húngara. Mi madre era
directora de un seminario femenino donde se educaba la élite de una ciudad
famosa cuyo nombre no quiero decirle. Cuando llegó la época turbia de la
posguerra, con el desquiciamiento de tronos, clases sociales y fortunas, yo
no sabía qué rumbo tomar en la vida. Mi familia quedó sin fortuna, víctima de
las fronteras del Trianón (sic) como otros miles y miles. Mi belleza, mi
juventud y mi educación no me permitían convertirme en una humilde
dactilógrafa. Surgió entonces en mi vida el príncipe encantador, un
aristócrata del alto mundo cosmopolita, de los resorts europeos. Me casé con
él con toda la ilusión de la juventud, a pesar de la oposición de mi familia,
por ser yo tan joven y él extranjero.
Viaje de bodas. París, Niza, Capri. Luego, el fracaso de la ilusión. No
sabía adónde ir ni osaba contar a mis gentes la tragedia de mi matrimonio. Un
marido que jamás podría hacerme madre. Ya tengo dieciséis años y viajo como
una peregrina sin rumbo, tratando de disipar mi pena. Egipto, Java, Japón, el
Celeste Imperio, todo el Lejano Oriente, en un carnaval de champagne y de
falsa alegría, con el alma rota.
Corren los años. En 1927 nos radicamos definitivamente en la Côte d’Azur.
Yo soy una mujer de alto mundo y la sociedad cosmopolita de los casinos, de
los dancings, de las pistas hípicas, me rinde pleitesía.
Un bello día de verano tomé una resolución definitiva: la separación. Toda
la naturaleza estaba en flor: el mar, el cielo, los campos se abrían en una
canción de amor y festejaban la juventud.
La fiesta de las mimosas en Cannes, el carnaval florido de Niza, la
primavera sonriente de París. Así abandoné hogar, lujo y riquezas, y me fui
sola hacia el mundo...
Tenía entonces dieciocho años y vivía sola en París, sin rumbo definido.
París de 1928. París de las orgías y el derroche de champán. París de los
francos sin valor. París, paraíso del extranjero. Impregnado de yanquis y
sudamericanos, pequeños reyes del oro. París de 1928, donde cada día nacía un
nuevo cabaret, una nueva sensación que hiciese aflojar la bolsa al
extranjero.
Dieciocho años, rubia, ojos azules. Sola en París.
Para suavizar mi desgracia me entregué de lleno a los placeres. En los
cabarets llamaba la atención porque siempre iba sola, a derrochar champaña
con los bailarines y propinas fabulosas a los sirvientes. No tenía noción del
valor del dinero.
Alguna vez, uno de aquellos elementos que me rodean siempre en aquel
ambiente cosmopolita, descubre mi pena secreta y me recomienda el remedio
para el olvido... Cocaína, morfina, drogas. Entonces empecé a buscar lugares
exóticos, bailarines de aspecto extraño, sudamericanos de tinte moreno y
opulentas cabelleras.
En aquella época cosechaba éxitos y aplausos un recién llegado, cantante de
cabaret. Debutaba en el Florida y cantaba canciones extrañas en un idioma
extraño.
Cantaba en un traje exótico, desconocido en aquellos sitios hasta entonces,
tangos, rancheras y zambas argentinas. Era un muchacho más bien delgado, un
tanto moreno, de dientes blancos, a quien las bellas de París colmaban de
atenciones. Era Carlos Gardel. Sus tangos llorones, que cantaba con toda el
alma, capturaban al público sin saberse por qué. Sus canciones de entonces —
Caminito, La chacarera, Aquel tapado de armiño, Queja indiana, Entre sueños111
280
— no eran tangos modernos, sino canciones de la vieja Argentina, el alma pura
del gaucho de las pampas. Gardel estaba de moda. No había comida elegante o
recepción galante a que no se le invitase. Su cara morena, sus dientes
blancos, su sonrisa fresca y luminosa, brillaba en todas partes. Cabarets,
teatros, music-hall, hipódromos. Era un huésped permanente de Auteuil y de
Longchamps.
Pero a Gardel le gustaba más que todo divertirse a su manera, entre los
suyos, en el círculo de sus íntimos.
Por aquella época había en París un cabaret llamado «Palermo», en la calle
Clichy, frecuentado casi exclusivamente por sudamericanos... Allí lo conocí.
A Gardel le interesaban todas las mujeres, peroa mí no me interesaba más que
la cocaína... y el champán. Cierto que halagaba mi vanidad femenina el ser
vista en París con el hombre del día, con el ídolo de las mujeres, pero nada
decía a mi corazón.
Aquella amistad se reafirmó en otras noches, otros paseos, otras
confidencias, bajo la pálida luna parisién, a través de los campos floridos.
Pasaron muchos días de un interés romántico. Ese hombre se me iba entrando en
el alma. Sus palabras eran de seda, sus frases iban cavando la roca de mi
indiferencia. Me volví loca. Mi pisito lujoso pero triste estaba ahora lleno
de luz. No volví a los cabarets. En mi bella sala gris, al fulgor de las
farolas eléctricas, una cabecita rubia se acoplaba a un firme rostro de
morenos matices. Mi alcoba azul, que conoció todas las nostalgias de un alma
sin rumbo, era ahora un verdadero nido de amor. Era mi primer amor.
Voló el tiempo raudo y fugaz. No puedo decir cuánto tiempo pasó. La rubia
exótica que deslumbraba a París con sus extravagancias, con sus toiletts
dernière cri (sic), con sus fiestas galantes en que el caviar ruso y la
champaña formaban el plato de resistencia cotidiana, había desaparecido.
Meses después, los habitués eternos de Palermo, de Florida y de Garón, se
enteraban por la prensa de que una bailarina rubia, de ojos azules que ya
tenía veinte años, enloquecía a los señoritos de la capital platense con sus
bailes etéreos, con su desfachatez inaudita, con toda la voluptuosidad de su
juventud en flor.
Era IVONNE GUITRY.
(Etc.)
La escuela gardeleana,
Editorial Cisplatina, Montevideo.

martes

El Perseguidor

"Pero en cambio a Johnny se le escaparía lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisación, llena de huidas en todas direcciones, de interrogación, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz."

sábado

Ernesto Sábato

"Al menos puedo pintar, aunque sospecho que los médicos se ríen a mis espaldas, como
sospecho que se rieron durante el proceso cuando mencioné la escena de la ventana.
Sólo existió un ser que entendía mi pintura. Mientras tanto, estos cuadros deben de
confirmarlos cada vez más en su estúpido punto de vista. Y los muros de este infierno serán, así,
cada día más herméticos". El Túnel
1911 - 2011

miércoles

Resurrección número 3


Cuando al llegar la noche
aparecen de tus sueños
lágrimas flotando
en un mar de polvo de tus restos.
Y la risa sollozante
tan falsa como tu vuelo
de fantasías emigrantes
se escapa de tu cuerpo.
Son las cuerdas en el aire
son la piel de voluntad
de alegrías fantasmales
la razón no ha de fallar.
Lunas, trenes son metáforas
que la vida pronto entenderá,
extrañas luces muertas
y la remota suerte nos traerá.

Poema

jueves

Carta a un maniquí - Gonzalo Arango


Dices que soy loco y te digo que tienes razón, si locura es todo lo que no eres, todo lo que niegas. No quiero discutir contigo, me ofende tu palabrería insensata. Tus razonamientos huelen a sexo. No puedo arruinar mi vida mirándote en un espejo, pavoneando tu frivolidad por mi alma, manoseando mi angustia. Eres impura, y hasta tu corazón lo tienes maquillado de polvo “coqueta”.
No vuelvas a profanar mis dioses, ni mi soledad: lo ignoras todo de la muerte y lo sagrado. Te equivocas si crees que voy a renunciar a interrogarme por temor a desatar tus furias de hembra celosa. No sacrificaré un átomo de imaginación para satisfacer tu gelatinoso ego.
Tu insensibilidad al dolor es otro síntoma de tu vacuidad desalmada. Y tu belleza es de esponja. Eres una plebeya tintineante de joyas, un cadáver perfumado de Dior. Gran lío va a tener el Señor para reorganizar tu cuerpo y tu alma en el Juicio, pues la tuya la cambiaste por una fotocolor en la revista Vanidades.
Nunca entendiste que la muerte y el arte significaban para mí un diálogo con la vida, con los hombres; que necesitaba despertar de la realidad, despreciar lo aparente para mirar al fondo, a las esencias. Hasta de mis fantasmas te sentías celosa, odiabas mi mundo interior como tu rival, y querías aislarme, matar mi Yo para meterte tú.
Desde que te conozco has querido embrujarme con tu malsana sexualidad, hechizar mi alma, perderme en el abismo de tu cuerpo, cautivarme en tu laboratorio de nimiedades y caprichos.
Tienes fama de dominar a los hombres con tu alquimia, pero qué va, han manoseado demasiado tu brillo. Ahora estás devaluada por más que te maquilles, maniquí.
Crees que todo es a tu medida, hasta mis sueños; crees que todo termina en ti, que sólo puedo aspirar a la altura de tu minifalda.
El único sueño de tu vida es dormir acompañada. Ahí termina tu espiritualidad, en la vaca. Ni eso, sería elogiarte. Al menos la vaca cuando llena sus panzas se da el lujo de rumiar sus impensados asombros en la soledad de las praderas. Tú no; cuando estás repleta de placer te abandonas a una suntuosa digestión bajo el sudario de tu baby-doll.
Me das lástima porque el barro de Dios ha perdido el tiempo y la posibilidad religiosa de encender en ti una chispita de vida consciente. Es una pena para el barro, y para ti que lo envileces en el lodo.
No soy hombre a tu medida. No doy la talla de tus perros falderos que sacian tu voracidad libertina por una migaja de placer y figuración en los salones de la sociedad y del arte. Eres peligrosa como un pulpo opresor. Tu piel me hizo sentir siempre resbalando a la oscuridad ciega de tu carne como a un muladar, negación de vida y resurrección.
Te confundí con un ser humano; te pido perdón por confundir una mujer, con 50 kilos de vanidad y diez metros de tubo digestivo metidos en un traje de moda. Es mi culpa, por hacerme ilusiones. De las mujeres esperé siempre una llave que me abriera una nueva puerta hacia la vida y los misterios del arte y de la muerte. O descubrir en la hermosa noche irracional del sexo el fulgor de una estrella guiándome en los arcanos cielos de ultratumba. Pero todas tus llaves son falsas, las usas para cerrar esas puertas y convertir la vida en una prisión, tu lecho es una fosa.
Me libero de tu infierno que ni siquiera es admirable por el terror. Pues todo lo que allí habita, incluyéndote, son vicios y potes de crema para maquillar tu monstruosidad en un rostro humano.
Ya no existes, maniquí. ¡Te lo prometo!